No, no quiero recurrir al silencio que en mi ha dejado un amor maltrecho. Menos aún pensar en aquellos cimientos que construimos para erigir la vida que ambos visualizamos.
Hoy es de esos días en que no puedo encontrarme… Mi mirada desvaría, no hay luz que guíe mi camino ni señal que me haga sentir que hay rumbo y dirección en mi tránsito por este mundo.
Sólo entonces el viento; sólo entonces tú; sólo entonces… te recuerdo y veo en cada objeto.
Vino en mano y sólo en mi casa –como lo hice años atrás, en otro país y circunstancias– me siento frente a mi mismo a recorrer con la mente y acompañado del silencio los 365 días pasados. Quiero llorar, quiero reir, quiero pensar y al tiempo… no, tampoco quiero hacer nada de ello.
Son casi las 12 y me abrazo a mi mismo: me necesito. Lo hago por que sé, por que así lo siento y siempre lo he sentido, que mi vida será corta; porque paso a paso, incluso con mayor rapidez, percibo la nimiedad de trepidante final con el que habré concluido mi tránsito terrenal, habiendo o no cumplido la misión encomendada por la vida.
Veo hacia atrás, pero también hacia delante. Vienen doce meses en los que tendrán que fluir decisiones. Espero vivirlos como si la magia del destino inundara cada minuto y segundo por venir. Como si ese fin próximo, tatuara recuerdos en todos aquellos que aman y a los que amo.
Y es que mi sueño es dejar algo atrás, escuchar por fin los susurros del tiempo y de ese ser supremo que todo lo ve, escucha, siente y sabe. Mi anhelo es lograr que mi piel se erize año tras año, por pocos que sean, al saber que hice todo lo que pude para ser eso que siempre quise ser.
Quiero partir sin reproches ni discriminaciones, sin batallas no luchadas por temor u ocio; sin rencor y remordimientos. No, no me aferro al destino; quizá sólo me aferro al amor que hoy me inunda y pedir no ser olvidado.
Comentarios recientes