Los dioses se ufanaban de su capacidad para manipular tanto a los seres vivos, como a los objetos inanimados; eran seres soberbios y obsesivos… controladores. Pero los seres humanos de hoy en día presumen que el conocimiento acumulado en siglos les permite, capacita y habilita para transformar al mundo. En otras palabras, jugamos a ser dioses creadores y destructores. Pero la frase históricamente recurrente es que, en realidad, la humanidad no sabe nada. Sabe lo que quiere saber, cree lo que quiere creer, de acuerdo a su contexto y a sus circunstancias –quizá Gasset tenía razón. Y es que no hemos sido capaces de explorar aquello que entraña aún más complejidad: la propia naturaleza humana.
Determinamos los contenidos y mecánicas del espacio y del tiempo; pero todavía no alcanzamos a comprender, aprehender, siquiera acercarnos, a las líneas argumentativas que explican la acción e inacción humanas.
El hombre, hoy por hoy, tiene el potencial tecnológico y la experiencia que le hace posible determinar aspectos trascendentales en los ámbitos físico, químico y biológico; pero sus avances son comparativamente escasos en la comprensión de nuestra mente y de eso que llamamos “humanidad”. Y es que resulta complicado saber, determinar e incluso predecir –no obstante los argumentos tan estructurados y formalizados de los modelos racionalistas– el comportamiento humano.
Existen reglas que determinan nuestros sistemas de convivencia, pues renunciamos a parte de nuestras prerrogativas para crear sociedades. Pero esas reglas, en sí mismas, constituyen sólo marcos de referencia para la acción individual y colectiva; y por más interiorizadas que estén esas normas de conducta, nunca ellas empatarán en su totalidad con las valoraciones individuales.
Sabemos y teorizamos sobre nuestro espacio exterior, sobre los linderos del tiempo y su funcionamiento; pero hacemos poco por conocer nuestro interior, y más allá de meras reacciones químicas. No digo que diseñemos macro-sistemas referenciales a partir de los cuales se pretendan explicaciones exhaustivas de la totalidad de las pautas que determinan nuestro comportamiento: es al mismo tiempo ridículo e imposible. Debemos, más bien, comenzar por nosotros mismos; debemos empezar por conocernos, tratar de entendernos y, sobre todo, aceptarnos… aceptar nuestra inherente individualidad, y tolerar esas especificidades de otros que no compartimos.
Y es que no somos dioses. Somos, no obstante, un todo a la vez complejo e inextricable, perfecto y siempre perfectible; pasional y racional; la más de las indescifrables creaciones del universo: somos juegos avaros del tiempo y del espacio; minúsculos en nuestra propia inmensidad, pero grandiosos en soberbia y obsesión.

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