Soberbia y obsesión

•Enero 18, 2008 • Dejar un comentario

Los dioses se ufanaban de su capacidad para manipular tanto a los seres vivos, como a los objetos inanimados; eran seres soberbios y obsesivos… controladores. Pero los seres humanos de hoy en día presumen que el conocimiento acumulado en siglos les permite, capacita y habilita para transformar al mundo. En otras palabras, jugamos a ser dioses creadores y destructores. Pero la frase históricamente recurrente es que, en realidad, la humanidad no sabe nada. Sabe lo que quiere saber, cree lo que quiere creer, de acuerdo a su contexto y a sus circunstancias –quizá Gasset tenía razón. Y es que no hemos sido capaces de explorar aquello que entraña aún más complejidad: la propia naturaleza humana.

Determinamos los contenidos y mecánicas del espacio y del tiempo; pero todavía no alcanzamos a comprender, aprehender, siquiera acercarnos, a las líneas argumentativas que explican la acción e inacción humanas.

El hombre, hoy por hoy, tiene el potencial tecnológico y la experiencia que le hace posible determinar aspectos trascendentales en los ámbitos físico, químico y biológico; pero sus avances son comparativamente escasos en la comprensión de nuestra mente y de eso que llamamos “humanidad”. Y es que resulta complicado saber, determinar e incluso predecir –no obstante los argumentos tan estructurados y formalizados de los modelos racionalistas– el comportamiento humano.

Existen reglas que determinan nuestros sistemas de convivencia, pues renunciamos a parte de nuestras prerrogativas para crear sociedades. Pero esas reglas, en sí mismas, constituyen sólo marcos de referencia para la acción individual y colectiva; y por más interiorizadas que estén esas normas de conducta, nunca ellas empatarán en su totalidad con las valoraciones individuales.

Sabemos y teorizamos sobre nuestro espacio exterior, sobre los linderos del tiempo y su funcionamiento; pero hacemos poco por conocer nuestro interior, y más allá de meras reacciones químicas. No digo que diseñemos macro-sistemas referenciales a partir de los cuales se pretendan explicaciones exhaustivas de la totalidad de las pautas que determinan nuestro comportamiento: es al mismo tiempo ridículo e imposible. Debemos, más bien, comenzar por nosotros mismos; debemos empezar por conocernos, tratar de entendernos y, sobre todo, aceptarnos… aceptar nuestra inherente individualidad, y tolerar esas especificidades de otros que no compartimos.

Y es que no somos dioses. Somos, no obstante, un todo a la vez complejo e inextricable, perfecto y siempre perfectible; pasional y racional; la más de las indescifrables creaciones del universo: somos juegos avaros del tiempo y del espacio; minúsculos en nuestra propia inmensidad, pero grandiosos en soberbia y obsesión.

Trabajando en la playa, argh!

•Enero 13, 2008 • Dejar un comentario

Tengo poco unos meses de haber ingresado a mi nuevo trabajo, y hace dos semanas pasada fui comisionado a mi primer viaje de “chamba” a una bella playa del estado de Jalisco. Había trabajado muy fuerte los días anteriores para disfrutar de al menos un par de horas durante mi estancia para meter mis pies al mar.

Las cosas se complicaron durante la semana y la verdad mis esperanzas de tocar el mar se esfumaban con el paso de los minutos y segundos. Llegó el día… y el hotel donde me hospedé tuvo a bien asignarme una habitación frente al mar; de hecho, en la planta baja. Tenía un pequeño balcón con unas escaleras que daban a la playa. Mi habitación, además, era enorme (más grande que mi casa en Montreal). En fin, todo pudo ser perfecto de no ser porque en mi habitación no estuve más de cuatro horas en dos días…

El evento fue el viernes, pero desde el martes y hasta el día del evento dormí en total no más de 6 horas… Así que para cuando concluyó todo el trajín de la reunión, yo estaba más que muerto. Las cosas, no obstante, salieron relativamente bien; y a las 3.30 de la tarde, ya estaban los asistentes estaban disfrutando la comida de despedida. No puedo negarlo, el salmón estaba delicioso; y el pastel de chocolate, orgásmico. Pero al mismo tiempo, me sentía realmente frustrado por no haberme podido acercar al mar, siquiera pisar la arena… ¡Chale! ¡Estuve a una distancia no mayor de 100 metros!

Y es que ni pude ver el mar cuando mi avión despegaba… era ya de noche y todo abajo parecía “boca de lobo”, mas negro que mi cabeza después de días de no dormir… Ante esa trágica situación, ya tomé la decisión de que la siguiente reunión en playa, cuésteme lo que me cueste, me voy a abstener de asistir a la comida (aunque me muera de hambre, total, siempre hay comida en los aeropuertos), y mejor voy a emplear esos minutos para asolearme en la playa y sentir el mar.

Y quizá ustedes se preguntarán por qué armo tanto alboroto por no poder pisar la arena y tocar el agua marina. Pues bien, es una manía y una tradición… La dedicatoria de mi tesis, y otras tantas ideas buenas han llegado frente al mar. A mi me ayuda a relajarme, a pensar y razonar. Y en estos momentos de crisis existencial, créanme que son bastante necesarios Así que… ¡Ni madres, no me vuelvo a quedar con las ganas!

De palancas y megalomanía

•Diciembre 8, 2007 • 2 comentarios

No cabe duda que la fiebre puede causar que la mente desvaríe de formas bastante extrañas. La tarde del pasado domingo me empecé a sentir verdaderamente mal. La fiebre comenzó a desplazar poco a poco a la cordura. Cuando tienes gripa (o gripe), no es fácil que puedas dormir debido a las molestias; pero si además tienes fiebre, tu mente parece convertirse en una suerte de escritor que puede, incluso, alcanzar una nominación al Ariel, el Oscar, el Oso de Oro, o cualquier premio de cine.

La madrugada de lunes, entre la fiebre y la gripe, soñé que estaba al frente de un tablero de control… más bien de palancas, donde yo era el encargado único de accionarlas. Pero, ¿qué hacián esos mecanismos? Muy fácil, controlaban todo el país… ¡Es cierto! Si alguien necesitaba policías, yo sólo tenía que mover la palanquita de “policías”. Si se requería más dinero para pagar la deuda, yo sólo tenía que hacer lo propio con una de “mis palancas”.

Bien es cierto que este tipo de referencias dicen mucho de lo que somos y de lo que aspiramos a hacer. De un lado, me reconozco como un controlador obsesivo; del otro, como un egomaniaco que piensa en sí mismo como un salvador omnipotente. Creo, sinceramente, que es momento de regresar a mis terapias… realmente sí me proyecté con eso de las palancas. Pero, ¿ustedes qué sueños extranos y megalómanos han tenido?

Galletas de animalitos

•Diciembre 2, 2007 • 3 comentarios

Érase un día cualquiera en el super haciendo las compras de rigor. Soy adicto a la zona de repostería y galletas de los supermercados, nunca he podido dejar de visitarla cada vez que entro a alguno. Decidiendo si me compraba “gansitos” o “pinguinos”, se aparece frente a mi una niña de no más de 4 años con una bolsa de galletas de animalitos. Giré mi cabeza hacia todos lados y tuve la sádica intención de quitarle la bolsa, para después salir corriendo con ella. Luego, mi razón emergió: estoy en un supermercado, deben haber montones de bolsas de galletas de animalitos. Mi mente divagaba… pasaría toda una tarde viendo películas, con un bote de chocolate líquido y un vaso de leche y cientos de galletas de animalitos a mi disposición.

Regresé de mi sueño, para buscar mi preciado tesoro; pero no las hallaba, mis sueños de la tarde sabatina perfecta se morían. Pensé que si no encontraba pronto la bolsa, aplicaría entonces el plan B, buscar a la niña que minutos antes, seguramente, había “robado” la última bolsa de galletas. La perseguiría hasta que, en un descuido, la hurtara de su “carrito”. “Issac, deja de pensar estupideces”, mi conciencia insistía. “Si no encuentras, pregunta al personal de la tienda, ¡idiota!”. Mmm… sip, esa era la solución; éste se volvería el plan B, mientras que el plan B seguiría contemplado, pero como plan C.

Pues no encontré las galletas, y decidí preguntarle a una persona de la tienda que, casualmente, estaba en el pasillo. La cara que puso cuando le dije que buscaba medió entre la incomprensión y la incredulidad. Para mi sorpresa, sin embargo, el amigo supo dónde estaba lo que buscaba e, incluso, me comentó que estaban en oferta. Me dirigí al final del siguiente pasillo a la izquierda y ahí, con un aura dorada, se encontraban las galletas… esponjosas, doraditas y aparentemente frescas… Tomé dos bolsas, las puse en mi carrito y me dirigí a la caja a pagar mi mercancía. Salí corriendo de la tienda e “ipsofactamente” hacia mi carro y luego hacia mi casa.

Ya ahí, me instalé en el sofá del cuarto de televisión, inserté la primera película. En la mesita de al lado dispuse un tazón con galletas, un vaso de leche enorme, una botella de refresco, y dos botes, uno de chocolate derretido y otro de queso… Y si están pensando que ví algunas de las películas de un blog que escribí previamente, están más que equivocados. Vi, de hecho, películas poco trascendentes para occidente: “Legally Blonde 1″, “Save the Last Dance 1″ y “13 Going On 30″… gran tarde! Aunque luego tuve serios problemas por congestión, ¡creo que fueron demasiadas galletas!

Entre depresión y melancolía

•Noviembre 27, 2007 • 2 comentarios

Tengo varias adicciones. Una de ellas es la música. Durante varios años estudié piano, pero lo dejé… mis dedos y manos eran demasiado rígidos. Eso no ha impedido, sin embargo, que disfrute de “broad range” de géneros musicales. Pese a ello, tengo predilección por canciones depresivas y/o melancólicas. Y es que no puedo negar mi propia naturalez: soy romántico-depresivo (¡calugnias!), y mi estado de ánimo fue definido como de tristeza continua, quizá permanente, pero estable.

Durante la maestría, mi estado de ánimo fue más irregular que una cordillera. Y aunque mi perenne depresión se logró mantener dentro de ciertos rangos de estabilidad; trataba, con frecuencia, de hacer cosas, que la atenuaran. Así, opté muchísimas veces por comprarme una botella de vino y observar Montreal por la ventana de mi cuarto-estudio-casa. El telón de fondo fue siempre una lista de melodías que, con el paso de los días y los meses, se fue incrementando. La sensibilidad quedaba a flor de piel; pero, ¿quién, por ejemplo, puede hacer que su corazón resista a “One” de U2, a “Esta Vida Loca” de Francisco Céspedes, a “The Blower’s Daughter” del maestro Damien Rice, a “Perdón” de Pambo o a “Déjame” de Juan Fernando Velasco? ¿Como permanecer estoico ante “Siento que te estoy perdiendo” de Luis Eduardo Aute, “Collide” de Howie Day, “De repente” de Soraya, “La Pared” de Shakira o “Todavía” de las Pandora?

Y qué decir de Joshua Radin y “Closer”, “Aunque no sea conmigo” del señor Enrique Bunbury, “Piensa en mí” de Luz Casal, “Pecado” de Presuntos Implicados”, “Whiskey Lullaby” de Brad Paisley, “Sexo, Pudor y Lágrimas” del genio Aleks Syntek, “Mentira” de Gilberto Santa Rosa, “Fast Car” de Tracey Chapman, “The Road” de Elan, “Eterna soledad” de los Enanitos Verdes o “You are always on my mind” del Rey Presley.

Tenía mucho que no escuchaba ese grupo de canciones; pero el sábado pasado las reviví. Tuve entonces una regresión extraña hacia febrero en Montreal, y recordé un día donde, solo en mi departamento, ví discurrir copos de nieve desde un quinto piso. Me recordé a las diez de la noche, sentado en la orilla de la ventana y recargado en ella observando como la nieve, poco a poco, se acumulaba en la cornisa. Pese a lo extraordinario del paisaje, curiosamente, mi mente no hacía nada… estaba en blanco, ese color que poco a poco cubría la que en ese momento era mi ciudad. Y es que recordé, añoré, esos días de estudiante.

Y hoy encerrado en una oficina, sin acceso a la luz solar, sin una brizna de idea de lo que ocurre en el mundo exterior, esos días me parecen extraordinarios, increíbles… necesarios. Y rueda entonces en mi mente la pregunta de si he estado haciendo lo correcto con mi vida, si he transitado los caminos “correctos”, si podré sobreseer mi propia incertumbre, terquedad e inseguridad.

Después de meses, he decidido modificar la lista y agregar una nueva canción para evitar que “La Diferencia” del genio de Juárez, Juan Gabriel, sea la última melodía a escuchar, pero todavía no encuentro una opción convincente. Por ello recurro a ustedes, mis amigos, pues necesito de su consejo. ¿Cuál debería ser el final de mi nueva lista?

El Hidropendejismo ©

•Noviembre 25, 2007 • 1 comentario

Término acuñado por Vania Arteaga

Hasta la semana pasada, salía a las 9.00 AM de mi casa y llegaba a mi trabajo a eso de las 10.30… Quizá para muchos de ustedes una hora y treinta minutos resulte un tiempo excesivo; sin embargo, para alguien que está acostumbrado a recorrer grandes distancias durante la mañana y la tarde-noche, aquel resulta un tiempo más que razonable.

Pero en estos últimos días, el tránsito en la caótica Ciudad de México se ha incrementado considerablemente. Ayer, por ejemplo, salí a la hora de siempre de mi casa y llegué a las 11.40 de la mañana: cubrí un recorrido de aproximadamente 23 kilómetros en dos horas y treinta minutos. Es decir, transité por el “Periférico” de la nueva Tenochtitlán a un paso de entre 8 y 9 kilómetros por hora. Eso, sin embargo, no sería problema de no ser porque al factor “número de autos” agregamos una condición: el hidropendejismo.

Pero… ¿qué es el hidropendejismo? Es la condición de “apendejamiento” derivada de manejar en zonas urbanas o rurales en situaciones de lluvia. La mayoría de nosotros –es cierto– comienza a manejar con más lentitud y “precaución” conforme esas pequeñas gotas de H2O (con otro tipo de partículas) caen del cielo. Pero otros asumen una postura extrema, al grado de manejar a 8 kilómetros por hora en una vía rápida y con el auto más cercano a 700 metros de distancia.

Si sólo fuera una persona la que actuara así, quizá con una solicitud de cambio de luces se resolvería el problema; sin embargo, el hidropendejismo es un mal de nuestro tiempo y un sinnúmero de personas sufren de él. Miles de conductores, al menos en la ciudad de México, son portadores de esta enfermedad. Y la situación resulta todavía más grave aún, porque esta pandemia tiene efectos colaterales tanto en la salud del resto de los conductores que no la padecen, debido al estrés que causa observar y sufrir el “mal manejar” de los “hidropendejos”; como al medio ambiente, debido a que el número de emanaciones tóxicas a la atmósfera se incrementa conforme el tránsito se vuelve más lento; y a la economía familiar, pues se gastan mayores recursos en el pago de combustible. Y es que los efectos del “hidropendejismo” no sólo atañen a aquellos que van frente al volante, sino a quienes hacen uso del transporte público. A mayor el número de hidropendejos, más el tránsito provocado y mayor el tiempo de traslado.

Por tal motivo, un recorrido que podría realizarse en una hora, puede duplicarse e, incluso, a triplicarse en situaciones de lluvia. Así, hago un atento llamado a todos los conductores “hidropendejos” para que, de la manera más atenta, hagan caso a la petición de un servidor y traten, en la medida de sus posibilidades, de atenderse. Ustedes se sentirán mejor, en tanto que harán menos tiempo a sus trabajos, casas, visitas y parrandas; y el resto de nosotros, simplemente, reduciremos el tiempo que pasamos frente a un volante.

Turbulencia, Acidez y Ogetez

•Noviembre 20, 2007 • 3 comentarios

A AB y a DZ…

Todavía no existe consenso qué etapa de la vida resulta más complicada para el ser humano. Muchos concuerdan que es la adolescencia, porque transitamos de un estado “infantil” hacia uno de “madurez”, al menos en términos fisiológicos. Creo , sin embargo, que cada etapa es complicada in situ, y eso precisamente lo comprobamos tres amigos durante el 2004. Como parte de crisis comunes, creamos un grupo de “autoayuda” que se reunía al menos una vez por semana para platicar sobre nuestros desvaríos sociales, psicológicos, anímicos.

Lo que hizo grande a ese pequeño grupo fue que nunca nos dijimos qué hacer o qué camino seguir; nunca juzgamos las acciones de los otros, sólo sugeríamos, escuchábamos y aprendíamos en comunidad. Eso ayudó a crear una amistad que ha logrado trascender el tiempo y la distancia física. Una amistad basada en la confianza y el respeto; pero también en tres componentes indivisibles y complementarios: turbulencia, acidez y ogetez.

La turbulencia es sinónimo de impulsividad. La acidez, por su parte, deriva de comentarios que, como limón, caen directamente en la herida. La ogetez, en tercer término, posee un gran contenido de los que podríamos denominar “rudeza innecesaria”. Quizá piensen que éstas sean características nefastas en plenitud. Yo creo, sin embargo, que todos esos conceptos tienen, como todo en la vida, su parte positiva y negativa.

La turbulencia es impulsividad y reacción inmediata, que no siempre es buena per se; sin embargo, el hecho es que si no fuera precisamente por esa impulsividad, que nos “quedaríamos con las ganas” de hacer y deshacer muchas cosas: el ser humano, por ejemplo, no hubiera llevado a cabo un vasto número de aventuras.

La acidez, por otra parte, es dolorosa, pero a la vez directa y quizá necesaria para entrar en razón. Y es que cuando tu mente esta obnubildada, que alguien tenga la capacidad para decirte las cosas directas es imprescindible para guiarte por un camino de decisiones algo más razonadas.

La ogetez es quizá la parte más complicada de esta triada. Aquella puede ser agria –en contraste con la acidez–, pero la ogetez tiene un fuerte componente de sinceridad; y esta última constituye el elemento primario de cualquier amistad. ¿Por qué? Pues porque la ogetez te ayuda reflexionar sin tapujos, de manera directa.

La Técnica TAO (Turbulencia, Acidez y Ogetez), desde hace más de tres años, es quizá la guía, razón y necesidad de nuestra amistad. A más de siete años de conocernos, ellas y su turbulencia y acidez, son una parte importante de mi vida. Son necesarias, extrañables; indivisibles y, a la par, complementarias.

Palabras

•Noviembre 11, 2007 • Dejar un comentario

En el cielo sólo hay palabras,
Palabras que se mezclan con el humo,
Palabras que esbozan sentimientos y deseos,
Palabras que se confunden en el tiempo,
Palabras absurdas, rigidas, a veces intrascendetntes.

El mundo sólo es palabras,
Frases diluidas por los días;
Letras que transcurren sin mesura,
En la cálida atemporalidad
De un espacio perenne.

Ruido y silencio son palabras,
Vocales y consonantes de invención mítica.
Ruidos y señales de un hoy incomprensible,
De un mañana lleno de sueños y deseos, y
De barreras y obstáculos.

Las palabras son el instrumento de nuestro ser,
La expresión de nuestra esencia,
La negación de la intrascendencia,
La verdad de nosotros mismos,
Y el cinismo de nuestro egoismo.

Las palabras son incontenible desventura,
Imprescindible deseo de ser y pertenecer.

Las palabras son amor y odio,
sueños y realidades,
Tiempo y vacío,
Felicidad y tristeza,
Fé y desesperación,
Precisión e incertidumbre.

Las palabras reflejan nuestro ser,
Nuestra humanidad, nuestro egoísmo.
Son emociones y frustraciones.
Espacios de carne y hueso,
Creaciones individuales y colectivas,
Reflejos de ángeles y demonios,
Productos terrenales y, a la vez, divinos.

Pero son, a fin de cuentas,
La intuición de nuestra presencia,
Y el producto de nuestra razón y existencia.
Las palabras somos nosotros,
Son tú y yo, él y ella,
pertenencia y libertad.

Son esa contradicción refleja
De nuestra compleja humanidad .